Para un fotógrafo uno de los principios creativos es el alimento del imaginario personal. A lo largo del tiempo acumulamos referentes visuales a partir de los que de un modo consciente o inconsciente creamos una nueva imagen. De este modo no sólo nos retroalimentamos del trabajo de otros fotógrafos sino que la influencia de cualquier disciplina como pintura, cine o música capaz de provocarnos un estímulo queda patente en nuestras fotografías.

En esta serie indago en esa sensación, en el reconocimiento de una imagen reminiscente que pasa a formar parte de nuestra realidad, nuestro propio escenario.

¿Qué nos ocurre cuando encontramos un lugar físicamente ajeno a nosotros pero al mismo tiempo tan asíduo visualmente? ¿qué nos mueve a identificar in situ esa fotografía?

Hacemos una lectura de nuestro imaginario, de esas imágenes de nuestro archivo atemporal generando un feedback. Es esto lo que guía nuestro ojo en esos espacios convirtiéndolos en algo conocido, un texto que fácilmente podemos leer e interpretar. Lugares en los que todo parece estar colocado de forma precisa y premeditada donde los elementos que componen la escena esperan el comienzo del acto, tal y como en una obra de teatro.

Tal vez sea por su luz o puede que sea la dimensión de todo, para mí California evoca todas las imágenes pasadas y presentes. Encuentro fácilmente un reto no escrito contra el tiempo, una apuesta ante la imposición de actualizar ese decorado.

 


 


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